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Arzobispo de Bogotá 29

Fernando del  Portillo y Torres

Fernando del  Portillo y Torres

Arzobispo de Bogotá 29

Arzobispado de Santafé de Bogotá en Virreinato de la Nueva Granada 29 octubre 1798 - 20 enero 1804

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, Obrador Santafereño en 1802*, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá

La vida de fray Fernando del Portillo y Torres transcurrió entre los últimos fulgores del imperio español en América y las sombras que anunciaban el nacimiento de un nuevo tiempo. Nacido en Ciudad Real, España, el 5 de agosto de 1728, ingresó muy joven en la Orden de Predicadores. A los quince años vistió el hábito dominico y desde entonces se distinguió por su sólida formación intelectual, su disciplina religiosa y su capacidad de gobierno. Fue maestro de Filosofía y Teología, prior de diversos conventos y figura respetada dentro de la provincia dominicana de Andalucía. Sus contemporáneos afirmaban que poseía méritos suficientes para alcanzar los más altos cargos de la Orden, aunque él mismo renunció a tales aspiraciones.

Su carrera episcopal comenzó cuando fue designado obispo de Santo Domingo en 1788. Allí encontró una diócesis inmensa y compleja, marcada por las tensiones políticas que agitaban el Caribe. Durante años recorrió personalmente los pueblos de su jurisdicción, visitando parroquias, organizando archivos e impulsando la conservación de los bienes eclesiásticos. Sin embargo, el destino le reservaba pruebas mucho más duras.

La guerra entre España y Francia convirtió la isla en escenario de violencia e incertidumbre. La invasión francesa y el posterior Tratado de Basilea, mediante el cual España cedió Santo Domingo a Francia en 1795, colocaron al arzobispo frente a una situación dramática. Temiendo la profanación de templos y objetos sagrados, ordenó inicialmente la evacuación del clero y el traslado de los bienes eclesiásticos. Aunque posteriormente moderó esta decisión, permaneció al lado de sus fieles hasta que las órdenes de la Corona lo obligaron a abandonar la isla en 1798.

Su partida fue dolorosa. Dejaba atrás una Iglesia golpeada por la guerra y una sociedad que había acompañado durante años. Embarcó rumbo a Cuba llevando consigo archivos, reliquias y, según se creyó entonces, los restos de Cristóbal Colón. Este episodio daría lugar posteriormente a controversias históricas, pues algunos investigadores sostuvieron que los restos trasladados no pertenecían realmente al descubridor de América.

Mientras buscaba una nueva sede, Portillo aspiró a regresar a España. Sin embargo, las decisiones de la Corona siguieron otro camino. Tras rechazar el obispado de Trujillo, en Sudamérica, fue nombrado arzobispo de Santafé de Bogotá en 1798. Aceptó el cargo más por obediencia que por entusiasmo, pues su avanzada edad y sus problemas de salud hacían cada vez más difícil afrontar nuevos desafíos.

Cuando llegó a Santafé encontró una Iglesia organizada, pero también un Cabildo eclesiástico celoso de sus atribuciones. Desde los primeros momentos surgieron diferencias entre el nuevo arzobispo y los capitulares. Las tensiones alcanzaron especial intensidad cuando Portillo intentó destinar recursos de la Catedral a la reparación de la iglesia de San Carlos. Los canónigos consideraron que la propia Catedral necesitaba urgentemente esos fondos y elevaron sus protestas ante el Virrey.

Aquella disputa, aparentemente administrativa, marcó profundamente su gobierno. Desde entonces se instaló una relación fría entre el prelado y parte del Cabildo, circunstancia que limitó muchas de sus iniciativas pastorales. Aun así, Portillo no dejó de ejercer su ministerio con energía.

En los primeros años del siglo XIX impulsó importantes reglamentaciones para mejorar la administración de las cofradías parroquiales. Preocupado por la transparencia en el manejo de limosnas y bienes religiosos, estableció normas precisas para la custodia de fondos y el uso de las tradicionales arcas de tres llaves. Asimismo, ordenó la elaboración de un extenso padrón de población de toda la arquidiócesis, con el propósito de conocer mejor la realidad humana y social de los territorios bajo su jurisdicción.

Su gobierno coincidió también con una de las grandes amenazas sanitarias de la época: la epidemia de viruela. Frente a la expansión del contagio, promovió jornadas de oración y penitencia, pero al mismo tiempo respaldó las medidas sanitarias impulsadas por las autoridades civiles. Favoreció la vacunación, prohibió prácticas religiosas que pudieran favorecer el contagio y ordenó que los fallecidos por la enfermedad fueran enterrados fuera de los templos. Estas decisiones revelan a un pastor que buscaba armonizar la fe con la prudencia práctica.

Durante su episcopado continuaron además las obras de ampliación y reparación de la Catedral de Santafé. Los informes de fray Domingo de Petrés mostraban un edificio amenazado por grietas, hundimientos y problemas estructurales. Las discusiones sobre cómo financiar estas obras ocuparon buena parte de la vida eclesiástica de aquellos años.

Sin embargo, el tiempo comenzaba a pasar factura al anciano arzobispo. Su salud se debilitaba visiblemente y las firmas conservadas de sus últimos años muestran el temblor de una mano fatigada. Con frecuencia se retiraba a Fontibón en busca de un clima más favorable. Allí, entre enfermedades y preocupaciones, transcurrieron sus últimos meses.

El 20 de enero de 1804 murió en Santafé a los setenta y cinco años de edad. Su fallecimiento cerró una existencia marcada por los desplazamientos, las controversias y el servicio constante a la Iglesia. Fue sepultado con solemnidad en el monasterio de Santa Inés, acompañado por las principales autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad.

Décadas más tarde, sus restos fueron trasladados a la Catedral Primada de Bogotá, donde reposan junto a otros arzobispos dominicos. Allí permanece la memoria de un hombre que vivió entre guerras, reformas y conflictos institucionales; un religioso formado en la España del siglo XVIII que terminó sus días en una América que ya comenzaba a prepararse para la Independencia. Su figura encarna, quizá como pocas, el tránsito entre dos épocas: la del antiguo orden colonial y la del mundo nuevo que estaba por surgir.
 

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

Escudo Fernando del  Portillo y Torres