
Baltazar Martínez de Compañon
Arzobispo de Bogotá 28
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, Obrador Santafereño en 1794, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
En la historia de la Iglesia colombiana existen figuras cuya memoria parece resistirse al paso del tiempo. Entre ellas sobresale la de Baltasar Jaime Martínez de Compañón, arzobispo de Santafé de Bogotá a finales del siglo XVIII, hombre de extraordinaria inteligencia, profunda espiritualidad y una capacidad de trabajo que asombró a sus contemporáneos. Su vida fue la de un reformador incansable que entendió el ministerio episcopal no como un honor, sino como una misión al servicio de Dios y de los hombres.
Cuando fue designado arzobispo de Santafé en 1788, Martínez de Compañón ya poseía una brillante trayectoria eclesiástica. Había dejado huellas imborrables como obispo de Trujillo, en el virreinato del Perú, donde impulsó escuelas, iglesias, caminos, poblaciones y proyectos de evangelización que transformaron amplios territorios. Su llegada a la Nueva Granada despertó grandes expectativas. Sin embargo, el viaje hacia su nueva sede estuvo marcado por las dificultades. Enfermedades, retrasos y las complejas condiciones de navegación por el Caribe y el río Magdalena prolongaron durante meses su traslado. Aun así, ninguna adversidad logró disminuir el entusiasmo con el que se preparaba para asumir el gobierno pastoral de una de las más importantes arquidiócesis de América.
Cuando finalmente entró en Santafé, en marzo de 1791, encontró una Iglesia necesitada de organización, renovación y liderazgo. Desde los primeros días comprendió que su tarea debía orientarse a fortalecer las instituciones eclesiásticas y, sobre todo, a formar un clero mejor preparado para responder a los desafíos de su tiempo. Convencido de que el futuro de la Iglesia dependía de la calidad espiritual e intelectual de sus sacerdotes, dedicó gran parte de sus esfuerzos a la educación eclesiástica.
Uno de sus proyectos más significativos fue la creación de un Seminario Provisional de Ordenandos. El antiguo Seminario de San Bartolomé, que debía ser el principal centro de formación sacerdotal, ya no cumplía adecuadamente esa función. Martínez de Compañón observó con preocupación las deficiencias del sistema y decidió actuar. Con recursos de su propio patrimonio sostuvo durante varios años una institución destinada exclusivamente a preparar a los futuros sacerdotes. Allí los jóvenes recibían instrucción doctrinal, formación moral y acompañamiento espiritual. El arzobispo no se limitó a dictar normas desde la distancia: financió personalmente el proyecto, buscó maestros competentes y se involucró activamente en su funcionamiento. Para él, la reforma de la Iglesia comenzaba por la formación de sus ministros.
Su visión pastoral también se manifestó en el ámbito educativo y social. Comprendió que la evangelización debía ir acompañada de la promoción humana y del acceso al conocimiento. Por ello apoyó instituciones educativas, impulsó bibliotecas y favoreció obras destinadas a la formación de niños y jóvenes. Especial atención dedicó al Monasterio de la Enseñanza, donde financió construcciones, amplió instalaciones y dejó importantes recursos para garantizar la educación de niñas, especialmente de aquellas que carecían de medios económicos. En una época en la que la educación femenina era limitada, estas iniciativas revelan una sensibilidad poco común y una visión adelantada a su tiempo.
La ciudad de Santafé también se benefició de su dinamismo. Durante su gobierno se llevaron a cabo importantes obras relacionadas con la Catedral y otros edificios eclesiásticos. Consagró templos, promovió reparaciones, impulsó proyectos arquitectónicos y se preocupó por el embellecimiento de los espacios destinados al culto. No se trataba simplemente de mejorar construcciones materiales. Para él, los templos eran signos visibles de la presencia de Dios en medio del pueblo y centros de encuentro espiritual para la comunidad cristiana.
Su profunda religiosidad se expresó asimismo en el impulso que dio a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Gracias a sus gestiones, la arquidiócesis obtuvo autorización para celebrar oficialmente la misa y el oficio propios de esta advocación. Aquella decisión tuvo una enorme importancia espiritual, pues contribuyó a difundir una devoción que con el tiempo se convertiría en una de las más arraigadas en la religiosidad colombiana.
Pero quizá lo que más impresionó a quienes lo conocieron fue su caridad. Las fuentes de la época coinciden en describirlo como un hombre desprendido de los bienes materiales, generoso con los necesitados y siempre dispuesto a socorrer a quienes sufrían. Sus recursos personales se transformaban constantemente en becas, ayudas, construcciones o iniciativas destinadas al bienestar de otros. Su acción pastoral no distinguía entre clases sociales ni condiciones económicas. Veía en cada persona un hijo de Dios digno de atención y respeto.
A pesar de su intensa actividad, Martínez de Compañón aún soñaba con una obra mayor. En 1797 proyectó la celebración de un gran sínodo diocesano que permitiera actualizar la disciplina eclesiástica, conocer mejor las necesidades de las parroquias y fortalecer la vida religiosa de toda la arquidiócesis. El proyecto reflejaba una vez más su espíritu organizador y reformador. Quería una Iglesia más cercana a sus fieles, más preparada para enfrentar los desafíos del futuro y más fiel a su misión evangelizadora.
Sin embargo, el destino no le permitió culminar ese propósito. En agosto de 1797 la enfermedad puso fin a su vida. La noticia de su muerte provocó una conmoción profunda en Santafé. Los cronistas narran que el dolor se extendió por toda la ciudad y que personas de todas las condiciones lamentaron la pérdida de quien consideraban no solo un arzobispo, sino un auténtico padre. Su funeral se convirtió en una multitudinaria manifestación de afecto y gratitud.
La figura de Baltasar Jaime Martínez de Compañón permanece como la de un pastor excepcional. Intelectual, educador, administrador, benefactor y hombre de profunda fe, dedicó cada una de sus energías al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Su legado no se mide únicamente por las obras que construyó o las instituciones que fundó, sino por la visión de futuro que inspiró todas sus acciones. Fue un hombre capaz de comprender que la verdadera grandeza de un pastor reside en transformar vidas, sembrar esperanza y preparar el camino para las generaciones que vendrán. Por eso, más de dos siglos después de su muerte, su nombre continúa ocupando un lugar destacado entre los grandes constructores de la historia religiosa y cultural de Colombia.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

