
Antonio Caballero y Góngora
Arzobispo de Bogotá 27
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, Obrador Santafereño en el Siglo XVIII, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. Se realizaron ajustes digitales al retrato en el 2026 agregandole la cruz pectoral episcopal y enriqueciendo la insignia de distinción de Virrey y enfatizando los gestos del rostro. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
(1723–1796)
Antonio Caballero y Góngora fue una de las figuras más sobresalientes de la Nueva Granada durante el siglo XVIII. Arzobispo, virrey, promotor de la educación y protector de las ciencias, su trayectoria estuvo marcada por una singular combinación de autoridad religiosa y poder político. Su nombre quedó asociado a algunos de los acontecimientos más trascendentales del período colonial, especialmente a la Revolución de los Comuneros y al impulso de importantes proyectos culturales y científicos que dejaron una huella duradera en el virreinato.
Nació en 1723 en Priego, localidad de la provincia de Córdoba, en España. Desde temprana edad orientó su vida hacia el estudio y la carrera eclesiástica. Cursó Teología en la Universidad de Granada, donde adquirió la sólida formación intelectual que lo acompañaría durante toda su existencia. A lo largo de los años ocupó diversos cargos dentro de la Iglesia, consolidando una reputación de hombre culto, prudente y de gran capacidad administrativa.
Su ascenso dentro de la jerarquía eclesiástica fue constante. Primero fue nombrado obispo de Chiapas y posteriormente de Yucatán, experiencias que le permitieron conocer de cerca la realidad religiosa y social de los territorios americanos. En 1777 recibió una de las mayores dignidades eclesiásticas del continente al ser designado arzobispo de Santafé de Bogotá, sede metropolitana del Nuevo Reino de Granada. Dos años más tarde tomó posesión oficial del cargo, iniciando un gobierno caracterizado por una intensa actividad pastoral y administrativa.
Como arzobispo mostró especial interés por la organización de la vida religiosa de la arquidiócesis. Realizó visitas pastorales, promovió la adecuada formación del clero y trabajó por fortalecer la disciplina eclesiástica. Asimismo, impulsó la restauración y consolidación de instituciones educativas, convencido de que la enseñanza constituía uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de la Iglesia y de la sociedad. Su preocupación por la cultura se manifestó también en el apoyo a las artes y al cultivo de las letras, aspectos que contribuyeron a enriquecer la vida intelectual de la capital virreinal.
Sin embargo, el episodio que más profundamente marcó su trayectoria ocurrió en 1781, durante la Revolución de los Comuneros. Aquel movimiento popular surgió como respuesta al creciente descontento provocado por los impuestos y cargas económicas establecidos por la Corona española. La inconformidad se extendió rápidamente por diversas regiones del virreinato y dio origen a una movilización que puso en jaque a las autoridades coloniales.
En aquellos momentos Caballero y Góngora se encontraba realizando una visita pastoral. Al conocer la magnitud del levantamiento regresó a Santafé para intervenir en una situación que amenazaba con desembocar en un conflicto de consecuencias imprevisibles. Su posición era particularmente delicada. Por una parte comprendía las dificultades que atravesaban amplios sectores de la población y había informado al rey sobre los problemas derivados de ciertas medidas fiscales. Por otra, consideraba que la rebelión no era un medio legítimo para corregir los abusos y defendía el principio de obediencia a la monarquía, fundamento esencial del orden político de su tiempo.
En medio de la crisis asumió un papel de mediador entre las autoridades virreinales y los comuneros encabezados por Juan Francisco Berbeo. Gracias a su intervención se logró la negociación de las llamadas Capitulaciones de Zipaquirá, acuerdo que evitó la entrada del ejército rebelde a Santafé y permitió una disminución temporal de las tensiones. Su participación resultó decisiva para impedir un enfrentamiento inmediato que habría podido causar graves pérdidas humanas y materiales.
No obstante, la paz alcanzada fue efímera. Las autoridades españolas desconocieron posteriormente las Capitulaciones y dejaron sin efecto buena parte de los compromisos adquiridos. La reacción gubernamental culminó con el castigo de varios dirigentes comuneros, entre ellos José Antonio Galán, quien fue ejecutado junto con otros participantes del movimiento.
La actuación de Caballero y Góngora durante aquellos acontecimientos ha generado interpretaciones diversas entre los historiadores. Algunos lo señalaron como responsable de haber facilitado el sometimiento de los comuneros, mientras que otros destacan su esfuerzo por evitar una guerra civil y subrayan que actuó de acuerdo con las convicciones políticas y religiosas propias de la época. Lo cierto es que su intervención ocupó un lugar central en uno de los episodios más importantes de la historia colonial neogranadina.
Poco después, en 1782, una nueva responsabilidad recayó sobre sus hombros. Tras la muerte del virrey Juan de Torrezar, fue llamado a asumir el gobierno del virreinato como virrey interino. La Corona confirmó oficialmente este nombramiento en 1783, reuniendo así en una sola persona las máximas autoridades religiosa y civil del Nuevo Reino de Granada.
Desde el gobierno virreinal procuró restablecer la estabilidad política y administrativa después de los acontecimientos comuneros. Favoreció medidas de reconciliación y promovió el indulto para numerosos participantes de la rebelión. Su propósito era reconstruir la tranquilidad del territorio sin recurrir a represiones indiscriminadas, buscando equilibrar la autoridad de la Corona con la necesidad de evitar nuevas tensiones sociales.
Su administración también se distinguió por el impulso brindado a la educación, la cultura y el conocimiento científico. Entre sus realizaciones más recordadas figura el apoyo a la Expedición Botánica dirigida por José Celestino Mutis, iniciativa que representó uno de los proyectos científicos más importantes desarrollados en la América española. Asimismo, respaldó instituciones educativas, religiosas y culturales que contribuyeron al fortalecimiento intelectual del virreinato.
La figura de Antonio Caballero y Góngora resume las complejidades de una época de cambios. Como arzobispo promovió la organización eclesiástica y el fortalecimiento de la vida religiosa; como virrey enfrentó desafíos políticos de enorme magnitud; como protector de las ciencias y las artes favoreció el desarrollo cultural de la Nueva Granada. Su trayectoria refleja la estrecha relación que existía entre Iglesia y Estado durante el período colonial y explica el porque continúa siendo considerado uno de los personajes más influyentes de la historia neogranadina del siglo XVIII.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

