Pasar al contenido principal

Arzobispo de Bogotá 26

Agustín Alvarado y Castillo 

Agustín Alvarado y Castillo 

Arzobispo de Bogotá 26

Arzobispado de Santafé de Bogotá en Virreinato de la Nueva Granada 13 marzo 1775 - 14 diciembre 1778

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, Obrador Santafereño en el Siglo XVIII, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.

(1720–1781)
Don Agustín de Alvarado y Castillo ocupa un lugar destacado en la historia eclesiástica de la Nueva Granada por haber estado estrechamente vinculado al Concilio Provincial de Santafé de 1774, uno de los proyectos más ambiciosos emprendidos por la Iglesia neogranadina durante el siglo XVIII. Su gobierno coincidió con una época de profundas transformaciones políticas, educativas y religiosas, marcadas por las reformas borbónicas y por las consecuencias que siguieron a la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles.

Nació el 16 de junio de 1720, probablemente en la villa de Limpias, en Santander, España. Fue hijo de Alejandro de Alvarado y de Josefa del Castillo. Desde temprana edad recibió una sólida formación académica que lo condujo a la Universidad de Alcalá de Henares, donde adquirió la preparación intelectual que le permitiría desempeñar importantes responsabilidades dentro de la Iglesia. A lo largo de su carrera ocupó destacados cargos académicos y eclesiásticos, entre ellos el rectorado del Colegio del Arzobispo de Salamanca y el cargo de abad mitrado de la Colegiata de Olivares, posiciones que consolidaron su prestigio dentro de los círculos eclesiásticos de la monarquía española.

En 1772 fue nombrado obispo de Cartagena de Indias. Recibió la consagración episcopal en Mompox en marzo de 1773 y asumió el gobierno de aquella importante diócesis caribeña. Al año siguiente viajó a Santafé para participar en el Concilio Provincial convocado por el arzobispo Fray Agustín Manuel Camacho y Rojas. Sin embargo, la muerte de este último, ocurrida poco después de su llegada a la capital del virreinato, modificó el rumbo de los acontecimientos y convirtió a Alvarado en una de las figuras centrales de la asamblea.

El Concilio Provincial fue inaugurado solemnemente el 27 de mayo de 1774 y reunió a autoridades eclesiásticas y civiles del Nuevo Reino de Granada. Durante varios meses se celebraron congregaciones destinadas a examinar los principales asuntos de la vida religiosa de la provincia eclesiástica. Como resultado de estos trabajos se elaboró un extenso cuerpo normativo compuesto por veintidós títulos dedicados a materias fundamentales para la Iglesia, entre ellas la doctrina cristiana, la predicación, la veneración de los santos, la disciplina eclesiástica, la educación, los sacramentos, la liturgia, el matrimonio y la formación del clero.

Las disposiciones elaboradas reflejaban una orientación doctrinal rigurosa. Los textos conciliares adoptaron una postura claramente favorable al tuciorismo, corriente moral caracterizada por una interpretación estricta de las obligaciones de conciencia y de la ley eclesiástica. En consecuencia, rechazaban expresamente el probabilismo, sistema moral que permitía seguir una opinión favorable a la libertad cuando esta fuera sólidamente probable, aun existiendo otra opinión más favorable a la ley.

Esta posición doctrinal respondía al contexto político y religioso de la época. Tras la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III en 1767, la Corona ejercía una vigilancia cada vez mayor sobre la enseñanza de la teología moral. El probabilismo era visto por algunos sectores como una doctrina estrechamente vinculada a la tradición intelectual jesuítica y, por ello, despertaba reservas en numerosos ambientes eclesiásticos y gubernamentales.

A pesar del esfuerzo invertido en la organización del Concilio, una Real Cédula expedida en 1775 determinó que, debido a la ausencia de varios obispos sufragáneos, los trabajos realizados debían considerarse únicamente preliminares. La disposición ordenaba que el futuro arzobispo convocara nuevamente la asamblea para reiniciar el proceso. La decisión representó un duro golpe para quienes habían participado en la elaboración de los textos y produjo una profunda desilusión en Alvarado, que abandonó definitivamente el proyecto sin volver a convocarlo.

Mientras tanto, la Corona había decidido promoverlo al arzobispado de Santafé. Carlos III lo presentó para la sede metropolitana el 22 de septiembre de 1774. Mientras se completaban los trámites canónicos y llegaban las bulas pontificias correspondientes, ejerció el gobierno de la arquidiócesis mediante una cédula de ruego y encargo. Finalmente tomó posesión solemne del arzobispado el 2 de junio de 1776, en la festividad de la Santísima Trinidad.

Su gobierno estuvo marcado por una constante preocupación por la disciplina eclesiástica y la formación del clero. Consciente de la importancia de contar con sacerdotes bien preparados, promovió visitas pastorales a distintas poblaciones de la arquidiócesis para conocer directamente la situación de las parroquias y fortalecer la administración religiosa. Asimismo, dispuso que los sacerdotes fueran examinados en materia litúrgica antes de recibir autorización para celebrar la misa, buscando asegurar una adecuada preparación doctrinal y ceremonial.

Con el mismo propósito impulsó las reuniones conocidas como «Casos de Conciencia» o «Conferencias Morales», encuentros periódicos destinados al estudio de cuestiones pastorales y problemas de teología moral. Estas reuniones ofrecían a los sacerdotes un espacio de reflexión y formación continua, fortaleciendo el ejercicio de su ministerio y contribuyendo a la unidad de criterios dentro de la arquidiócesis.

En el campo educativo defendió firmemente la unidad institucional entre el Colegio de San Bartolomé y el Seminario. Se opuso a los proyectos promovidos por el virrey Guirior que pretendían separar ambas instituciones. Para el arzobispo, la fundación realizada por Bartolomé Lobo Guerrero constituía una sola obra educativa que debía permanecer bajo la autoridad tradicional del arzobispo de Santafé.

Durante su gobierno se produjo además una importante reorganización territorial de la Iglesia neogranadina. En 1777 fue creada la diócesis de Mérida de Maracaibo, incorporando una extensa región que hasta entonces pertenecía a la jurisdicción de Santafé. Esta medida redujo considerablemente el territorio de la arquidiócesis y formó parte de los esfuerzos de reorganización administrativa impulsados por la monarquía española en América.

Ese mismo año se produjo un cambio decisivo en su trayectoria. Fue trasladado a la diócesis de Ciudad Rodrigo, en España. Antes de abandonar Santafé delegó amplias facultades de gobierno en el Cabildo Catedralicio para garantizar la continuidad de la administración eclesiástica hasta la llegada de un nuevo arzobispo.

Su partida estuvo rodeada de cierta controversia debido a que llevó consigo importantes documentos pertenecientes a los archivos eclesiásticos de Santafé. Entre ellos figuraban el primer libro de bautismos de la Catedral y un ejemplar del antiguo Concilio Provincial celebrado bajo el arzobispo Fernando Arias de Ugarte. Años después se realizaron esfuerzos para localizar estos documentos y recuperarlos, pero todo indica que nunca regresaron a la capital del virreinato.

La rapidez con la que emprendió el regreso a la Península revela el interés que tenía por retornar a España. Finalmente tomó posesión de la diócesis de Ciudad Rodrigo el 22 de mayo de 1779. Allí ejerció el gobierno episcopal durante un breve período, hasta su fallecimiento el 21 de julio de 1781.

Antes de morir dispuso que sus restos fueran sepultados en la Capilla de los Dolores de la Catedral de Ciudad Rodrigo. Con ello concluía la trayectoria de un prelado que había desempeñado importantes responsabilidades tanto en España como en América y que estuvo asociado a uno de los proyectos eclesiásticos más significativos del siglo XVIII neogranadino.

La memoria de Agustín de Alvarado y Castillo permanece inseparable del Concilio Provincial de Santafé. Aunque aquella asamblea nunca obtuvo aprobación definitiva ni produjo efectos jurídicos permanentes, sus trabajos constituyen una valiosa fuente para comprender la vida religiosa, doctrinal y pastoral de la Nueva Granada. Su episcopado representa una etapa de transición en la que la Iglesia procuró responder a los desafíos de un tiempo marcado por reformas políticas, cambios institucionales y nuevas realidades eclesiásticas que transformarían profundamente el final del período colonial.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

Escudo Agustín Alvarado y Castillo