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Arzobispo de Bogotá 23

Francisco Antonio de la Riva y Mazo

Francisco Antonio de la Riva y Mazo

Arzobispo de Bogotá 23

Arzobispado de Santafé de Bogotá en Virreinato de la Nueva Granada 9 diciembre 1765 - 8 diciembre 1768

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, pintado por Lucas Torrijos en 1830, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.

(1720–1768)

La historia de la Iglesia neogranadina está poblada de figuras cuyo paso por el gobierno eclesiástico fue tan breve como significativo. Entre ellas destaca don Francisco Antonio de la Riva y Mazo, décimo noveno arzobispo de Santafé de Bogotá, un hombre de vasta formación jurídica y teológica cuya vida estuvo marcada por el estudio, el servicio eclesiástico y una profunda austeridad. Aunque su permanencia al frente de la arquidiócesis fue corta, su trayectoria refleja el perfil de aquellos prelados ilustrados que, en pleno siglo XVIII, llevaron a América la tradición intelectual y pastoral de las grandes instituciones eclesiásticas de España.

Nació en 1720 en Renedo de Piélagos, en la antigua provincia de Santander, una región del norte español caracterizada por la fortaleza de sus tradiciones religiosas y la calidad de sus centros de formación. Desde temprana edad manifestó una notable inclinación por los estudios, circunstancia que lo condujo a recorrer algunos de los más prestigiosos establecimientos académicos de la época. Se formó en Valladolid, Osma y Ávila, donde profundizó en las disciplinas jurídicas y teológicas que constituían la base del gobierno eclesiástico. Su brillante desempeño académico le permitió alcanzar el doctorado en ambos Derechos, distinción reservada a quienes demostraban un dominio excepcional tanto del derecho civil como del canónico.

Su carrera intelectual alcanzó un nuevo nivel cuando ingresó al célebre Colegio Mayor de San Bartolomé de Salamanca, una de las instituciones más prestigiosas de la monarquía española. Aquellos colegios mayores constituían verdaderas escuelas de gobierno donde se formaban los futuros dirigentes civiles y eclesiásticos del imperio. Allí consolidó una reputación de hombre estudioso, prudente y de sólida preparación jurídica, cualidades que pronto le abrirían las puertas de responsabilidades cada vez mayores.

En 1754 obtuvo la canonjía doctoral de la Catedral de Coria, una de las dignidades más importantes dentro de aquel cabildo. Su competencia en asuntos jurídicos y administrativos hizo que también fuera nombrado Provisor y Vicario General de la diócesis, cargos que lo familiarizaron con las complejas tareas de gobierno que exigía la administración eclesiástica. Durante aquellos años desarrolló una valiosa experiencia en la resolución de asuntos canónicos, en la organización de la vida diocesana y en la atención de las necesidades pastorales de los fieles.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, la arquidiócesis de Santafé atravesaba un momento de transición. La muerte del arzobispo José Javier de Araúz y Rojas había dejado vacante la sede metropolitana más importante del Nuevo Reino de Granada. La situación despertó numerosas expectativas entre los habitantes de la capital. Diversas corporaciones civiles y religiosas llegaron incluso a solicitar al rey que designara para el cargo al antiguo virrey don José Solís, quien había renunciado a las glorias del poder temporal para abrazar la vida franciscana. Aquella petición reflejaba la profunda admiración que la sociedad santafereña sentía por el célebre exvirrey convertido en religioso.

Sin embargo, la decisión de la Corona tomó otro rumbo. El 20 de agosto de 1765 el rey designó como nuevo arzobispo de Santafé a Francisco Antonio de la Riva y Mazo, reconociendo en él las cualidades intelectuales y administrativas necesarias para gobernar una de las provincias eclesiásticas más extensas de América. Durante los meses siguientes recibió las bulas pontificias, el palio arzobispal y las ejecutoriales correspondientes. Finalmente fue consagrado obispo en Madrid, preparándose para emprender el largo viaje hacia su nueva jurisdicción.

La travesía, sin embargo, resultó más prolongada de lo previsto. Diversas circunstancias retrasaron su llegada a América, obligándolo a permanecer durante algún tiempo en España antes de embarcarse hacia el Nuevo Mundo. Tras arribar a Santa Marta inició el difícil recorrido que conducía a la capital del virreinato. Mientras avanzaba por las rutas fluviales del Magdalena, tomó posesión del arzobispado por medio de representantes en enero de 1768. Solo el 25 de marzo de ese año logró finalmente entrar en Santafé, donde fue recibido con las ceremonias correspondientes a su alta dignidad.

Entre las personas que lo acompañaron en aquella empresa destacó el doctor Juan Félix de Villegas, jurista de gran prestigio y hombre de confianza del nuevo arzobispo. Riva y Mazo lo nombró Provisor y Vicario General de la arquidiócesis, confiándole importantes responsabilidades administrativas. El tiempo demostraría la valía de esta elección, pues Villegas llegaría posteriormente a ocupar las sedes episcopales de Nicaragua y Guatemala, convirtiéndose en una de las figuras eclesiásticas más relevantes de su generación.

No obstante, la llegada al arzobispado coincidió con el agravamiento de los problemas de salud que desde hacía tiempo afectaban al prelado. Las enfermedades comenzaron a limitar su actividad y redujeron considerablemente la posibilidad de emprender proyectos de gran alcance. Por esta razón, las actuaciones conservadas de su gobierno se refieren principalmente a los asuntos ordinarios de la administración arquidiocesana: nombramientos de párrocos, designación de examinadores sinodales, concesión de dispensas y resolución de cuestiones disciplinarias. Aunque su paso por la sede fue breve, procuró mantener el orden institucional y garantizar la continuidad de la vida eclesiástica.

Las frecuentes dolencias obligaron en diversas ocasiones a que Juan Félix de Villegas asumiera parte de las tareas de gobierno. De esta manera, el arzobispado continuó funcionando con normalidad mientras el anciano y enfermo pastor veía disminuir progresivamente sus fuerzas. La enfermedad se convirtió así en el silencioso telón de fondo de un pontificado que apenas comenzaba cuando ya se acercaba a su final.

La muerte llegó de manera inesperada el 8 de diciembre de 1768. Ese mismo día, consciente de la fragilidad de su estado, otorgaba poder para redactar su testamento cuando fue sorprendido por el desenlace definitivo. Falleció en el Palacio Arzobispal de Santafé a la edad de cuarenta y ocho años, dejando inconclusos los proyectos que apenas empezaba a concebir para la arquidiócesis.

Su cuerpo fue sepultado en el convento de Nuestra Señora de La Candelaria de los Agustinos Descalzos, donde recibió los honores correspondientes a su dignidad episcopal. Sin embargo, los testimonios contemporáneos coinciden en destacar un rasgo que impresionó profundamente a quienes lo conocieron: su extrema pobreza. Un manuscrito de la época afirma que murió «más pobre que el recoleto más austero», expresión que revela hasta qué punto había vivido desprendido de los bienes materiales. Aquella imagen de un arzobispo que abandonaba este mundo sin riquezas ni acumulaciones personales fortaleció la memoria de su virtud y de su sincera fidelidad evangélica.

Tras su fallecimiento, el gobierno de la arquidiócesis pasó al Cabildo Metropolitano. El deán Antonio de Osorio asumió inicialmente la administración y posteriormente fue elegido Vicario Capitular el maestrescuela Bartolomé Ramírez Maldonado, garantizando la continuidad institucional mientras se esperaba el nombramiento de un nuevo pastor.
Aunque su gobierno fue uno de los más breves de la historia arquidiocesana, algunos testimonios materiales continúan recordando su paso por Santafé. En el Archivo Capitular se conservan todavía varios misales y un breviario magníficamente encuadernados que pertenecieron al arzobispo. Estas piezas, silenciosos vestigios de otra época, constituyen una de las pocas huellas tangibles de quien llegó desde las aulas universitarias de España para gobernar fugazmente la Iglesia del Nuevo Reino de Granada.

Francisco Antonio de la Riva y Mazo no dejó grandes construcciones ni prolongadas reformas administrativas. Su legado fue más discreto, pero no menos significativo: el ejemplo de un hombre profundamente formado, fiel al deber, humilde en la riqueza y austero hasta el final de sus días. Su memoria permanece como la de un prelado sabio y virtuoso cuyo breve paso por Santafé quedó grabado en la historia eclesiástica como una lección de servicio, sencillez y desprendimiento cristiano.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

Escudo Francisco Antonio de la Riva y Mazo