
José Javier de Arauz y Rojas
Arzobispo de Bogotá 21
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, atribuido a Joaquín Gutiérrez en el siglo XVIII, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
José Javier de Araúz y Rojas ocupa un lugar distinguido entre los grandes pastores que guiaron la Iglesia neogranadina durante el siglo XVIII. Arzobispo de Santafé de Bogotá, fue un hombre de profunda cultura, sólida formación teológica y fervor apostólico, cuya memoria quedó ligada tanto al esplendor espiritual de su tiempo como a la generosidad con que enriqueció la vida religiosa de la capital del virreinato.
Nacido en Quito en 1697, en el seno de una sociedad donde la fe y el saber caminaban de la mano, recibió desde temprana edad una educación esmerada. Estudió en el Seminario de San Luis y en la Universidad de San Gregorio, donde alcanzó los más altos grados académicos en filosofía y teología. Su inteligencia, disciplina y rectitud le abrieron las puertas de numerosos cargos eclesiásticos. Fue cura doctrinero, examinador sinodal, canónigo, comisario del Santo Oficio y consejero respetado en los asuntos de la Iglesia quiteña. Su nombre comenzó a resonar con prestigio más allá de las montañas andinas, y pronto fue considerado una de las figuras más prometedoras del clero americano.
La Corona y la Iglesia reconocieron sus méritos cuando, en 1746, fue designado obispo de Santa Marta. Consagrado por el arzobispo Pedro Felipe de Azúa, asumió una diócesis marcada por desafíos materiales y pastorales. La antigua ciudad caribeña sufría el deterioro de sus templos, la escasez de recursos y las dificultades propias de un territorio extenso y complejo. Sin embargo, Araúz no se dejó vencer por los obstáculos. Recorrió los caminos de su jurisdicción, alentó la vida sacramental y dedicó especial atención a las misiones entre los pueblos indígenas guajiros y chimilas. Su breve permanencia en Santa Marta bastó para revelar la energía y el celo pastoral que caracterizarían toda su carrera.
Aquella labor llamó nuevamente la atención de las autoridades eclesiásticas y civiles. Apenas tres años después fue promovido a la sede metropolitana de Santafé de Bogotá, el más alto cargo eclesiástico del Nuevo Reino de Granada.
Tomó posesión en 1754 y fue recibido con ceremonias solemnes que reflejaban la importancia de su nombramiento. Desde el inicio de su gobierno se mostró como un pastor activo, cercano y vigilante. Recorrió parroquias, visitó comunidades apartadas y fortaleció la disciplina del clero mediante normas destinadas a elevar la calidad espiritual y moral de los ministros de la Iglesia.
Su preocupación por la formación sacerdotal fue constante. Exigió que quienes aspiraran a las órdenes sagradas presentaran con suficiente anticipación la documentación necesaria para ser examinados rigurosamente. Del mismo modo, procuró un control más cuidadoso de las capellanías, fundaciones piadosas y obligaciones religiosas establecidas en las parroquias, convencido de que el orden y la responsabilidad eran indispensables para la salud espiritual de la arquidiócesis.
Durante su episcopado florecieron importantes manifestaciones de religiosidad popular. Bajo su amparo crecieron devociones que arraigaron profundamente en el corazón de los fieles, entre ellas la del Señor de la Piedra de Sopó y la de Nuestra Señora de Guadalupe. También impulsó de manera especial la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, autorizando celebraciones periódicas que contribuyeron a difundir esta espiritualidad en todo el territorio. Las misiones populares organizadas por jesuitas y franciscanos encontraron en él un decidido apoyo, movilizando a miles de personas mediante predicaciones, procesiones, ejercicios espirituales y actos públicos de penitencia.
No faltaron, sin embargo, momentos de controversia. Uno de los episodios más recordados ocurrió en 1757, cuando decidió modificar el recorrido tradicional de la procesión del Corpus Christi. Lo que parecía una simple disposición administrativa despertó la oposición de autoridades civiles y eclesiásticas, generando protestas y comentarios satíricos entre la población. Finalmente, el recorrido tradicional fue restablecido al año siguiente. Aquel incidente reveló las complejas relaciones entre los distintos poderes de la sociedad colonial, pero no logró empañar el prestigio ni la autoridad moral del arzobispo.
La relación de Araúz con el virrey José Solís constituyó uno de los aspectos más singulares de su gobierno. Ambos compartieron una profunda sensibilidad religiosa y colaboraron en diversas obras de piedad. La decisión del virrey de abandonar el poder político para vestir el hábito franciscano causó enorme impresión en la sociedad santafereña y fue vista como una muestra extraordinaria de desprendimiento cristiano. En aquellos años también avanzaron importantes proyectos religiosos y arquitectónicos que enriquecieron la vida espiritual de la ciudad.
La Catedral Metropolitana fue, sin duda, una de las grandes beneficiarias de la generosidad de Araúz. Con sincero amor por la iglesia madre de la arquidiócesis, donó valiosos ornamentos, imágenes, vasos sagrados y piezas de plata destinadas al culto divino. Entre sus contribuciones sobresalían un magnífico sagrario, cálices finamente elaborados, atriles, frontales de plata e imágenes devocionales de gran calidad artística. Asimismo, impulsó mejoras materiales en el templo y contribuyó a reparar diversos daños ocasionados por incendios y deterioros. Su munificencia se extendió también a conventos e iglesias de distintas regiones, beneficiando especialmente a comunidades religiosas necesitadas.
La devoción mariana ocupó un lugar privilegiado en su corazón. Promovió con entusiasmo el culto a la Inmaculada Concepción y celebró solemnemente la proclamación de la Virgen María como patrona universal de España y sus dominios. Las fiestas organizadas con tal motivo reunieron a la población en procesiones multitudinarias, iluminaciones públicas y ceremonias que expresaban la profunda fe de la sociedad colonial.
Cuando los años comenzaron a pesar sobre su salud, el arzobispo mostró la misma prudencia y desprendimiento que habían marcado toda su existencia. Dispuso que importantes sumas de dinero fueran destinadas al servicio litúrgico de la Catedral y dejó numerosos bienes a instituciones religiosas. En su testamento manifestó además un deseo revelador de su carácter: ser enterrado con sencillez, sin honores extraordinarios ni pompas mundanas.
La muerte lo sorprendió el 29 de febrero de 1764, víctima de hidropesía y pulmonía. La noticia causó profundo pesar entre clérigos y fieles. Sus exequias congregaron a la sociedad santafereña, que acudió a rendir homenaje a quien había sido pastor diligente, benefactor generoso y guía espiritual. Fue sepultado en la Catedral de Bogotá, junto al altar de Nuestra Señora de los Dolores, conforme a su voluntad.
Aun después de su fallecimiento, su influencia continuó viva. Las donaciones realizadas durante su vida y los bienes incorporados tras su muerte siguieron enriqueciendo el patrimonio religioso de la arquidiócesis. Su recuerdo permaneció asociado a una época de fervor religioso, renovación pastoral y fortalecimiento institucional. Hombre de fe profunda, inteligencia cultivada y extraordinaria generosidad, José Javier de Araúz y Rojas dejó una huella duradera en la historia eclesiástica del Nuevo Reino de Granada, convirtiéndose en una de las figuras más notables y admiradas de la Iglesia americana del siglo XVIII.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.
- Título de Capellanías despúes de la muerte de Joseph María Porras (1753-1756)
- Juicio de los bienes de Pedro de Tobón en el Tribunal de la Real Audiencia (1753-1756)
- Capellanía de Margarita Zambrano (1753-1823)
- Comportamiento de un cristiano e inspección de un testamento (1754)
- Poder de Cristóbal Alvarez al Canónigo Pedro Joseph Hinestrosa (1763)

