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Arzobispo de Bogotá 8

Hernando Arias y Ugarte

Hernando Arias y Ugarte

Arzobispo de Bogotá 8

Arzobispado de Santafé de Bogotá en Nuevo Reino de Granada ​​14 marzo 1616 - 30 julio 1625

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, Atribuido a Gaspar de Figueroa en el Siglo XVII, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.

(1561-1638)
Nacido en Santafé de Bogotá el 9 de septiembre de 1561, Hernando Arias de Ugarte representa una de las figuras más notables de la Iglesia hispanoamericana durante los siglos XVI y XVII. Hijo de Hernando Arias Torero y Juana Pérez de Ugarte, creció en la capital del Nuevo Reino de Granada y desde niño estuvo vinculado al servicio eclesiástico como acólito de la iglesia principal de la ciudad. El arzobispo fray Luis Zapata de Cárdenas, reconociendo sus cualidades, le confirió la tonsura y las órdenes menores, marcando así el inicio de una trayectoria que habría de conducirlo a las más altas dignidades de la Iglesia en América.

Su formación intelectual fue excepcional. Viajó a España para estudiar en la prestigiosa Universidad de Salamanca y completó posteriormente estudios superiores en diversas ciudades de la península y de Italia. Alcanzó el grado de Doctor en Derecho en la Universidad de Lérida, preparación que le abrió las puertas de una brillante carrera al servicio de la Corona española. Hacia 1586 ejercía ya importantes responsabilidades en Madrid, entre ellas el cargo de Auditor General de un ejército real destinado a Aragón, demostrando tempranamente su capacidad para los asuntos jurídicos y administrativos.

Su experiencia continuó creciendo en América. Fue nombrado oidor de Panamá y llegó a esa ciudad hacia 1596. Más tarde sirvió en la Real Audiencia de Charcas y desempeñó funciones en Potosí, centro económico fundamental del imperio español. En 1603 fue promovido a oidor de Lima y posteriormente asumió el gobierno de Huancavelica. Durante todos estos años destacó por su competencia administrativa y por su profundo sentido de responsabilidad.

Sin embargo, mientras avanzaba en la carrera civil, maduraba también una vocación sacerdotal que terminaría transformando su vida. Tras obtener las dispensas correspondientes, recibió las órdenes mayores hacia 1608 y celebró su primera misa en Lima. Desde entonces combinó su sólida experiencia como jurista y funcionario con el ministerio sacerdotal, una unión de talentos que lo convertiría en un gobernante eclesiástico excepcional.

Su prestigio llevó a que fuera designado obispo de Quito en 1613. Allí emprendió extensas visitas pastorales, recorriendo personalmente los territorios de la diócesis para conocer las necesidades espirituales y materiales de sus fieles. Aquella dedicación pastoral llamó la atención de las autoridades eclesiásticas y de la Corona, que lo promovieron al Arzobispado de Santafé en 1615. Tras recibir el palio arzobispal, llegó solemnemente a su ciudad natal el 7 de enero de 1618 para asumir el gobierno de la principal sede eclesiástica del Nuevo Reino de Granada.

Su pontificado estuvo marcado por una característica sobresaliente: el contacto directo con el pueblo. Convencido de que un obispo debía conocer personalmente a sus fieles, emprendió largas y difíciles visitas pastorales a través de una arquidiócesis inmensa. Recorrió regiones apartadas del sur hasta los territorios del Caguán y posteriormente avanzó hacia el norte, llegando hasta Gibraltar, cerca del lago de Maracaibo. Los cronistas relatan los sacrificios que afrontó en caminos peligrosos, atravesando montañas, selvas y ríos. Se calcula que recorrió cerca de catorce mil leguas a caballo, cifra extraordinaria que refleja su celo pastoral y su extraordinaria resistencia física.

Además de su labor evangelizadora, Arias de Ugarte impulsó importantes obras religiosas y educativas. Favoreció especialmente la vida contemplativa femenina y promovió la fundación de un monasterio de religiosas clarisas en Santafé. Para ello obtuvo la autorización de la Corona y contribuyó generosamente con recursos destinados a la construcción de la iglesia y el convento. Asimismo, apoyó el fortalecimiento de la educación superior en el Nuevo Reino, respaldando iniciativas que contribuyeron al desarrollo de la Academia Javeriana, inaugurada hacia 1623 bajo la dirección de la Compañía de Jesús.

También dejó huella en el patrimonio religioso de la ciudad. En 1619 bendijo la iglesia de Santo Domingo y promovió la fundación de la Capilla de la Santísima Trinidad en la Catedral Metropolitana, a la que dotó de bienes, ornamentos y rentas para asegurar la continuidad del culto divino.

La obra más trascendental de su gobierno fue, sin duda, la celebración del Concilio Provincial de Santafé entre abril y mayo de 1625. Este acontecimiento reunió a obispos, religiosos, miembros del cabildo eclesiástico y autoridades civiles con el propósito de organizar y fortalecer la vida de la Iglesia en el Nuevo Reino de Granada. Las constituciones emanadas del concilio quedaron distribuidas en cinco libros que regulaban aspectos fundamentales como la administración de los sacramentos, la formación del clero, la enseñanza de la doctrina cristiana, la evangelización de los indígenas, el funcionamiento de los seminarios, la disciplina eclesiástica y la organización de los tribunales de la Iglesia.


Aunque estas disposiciones requerían la aprobación definitiva de la Santa Sede y no llegaron a entrar plenamente en vigor durante su vida, el concilio constituyó uno de los esfuerzos más importantes por adaptar las normas universales de la Iglesia a las complejas realidades americanas.

La amplitud de su obra y la eficacia de su gobierno hicieron que fuera promovido posteriormente a sedes aún más importantes. En 1624 fue trasladado al Arzobispado de Charcas y en 1628 al prestigioso Arzobispado de Lima, considerado entonces el principal centro eclesiástico de Sudamérica. Allí continuó realizando visitas pastorales y promoviendo reformas. En 1636 convocó un sínodo destinado a fortalecer la organización de la Iglesia peruana.
Hernando Arias de Ugarte falleció en Lima el 27 de enero de 1638, a los setenta y siete años de edad. La memoria de sus contemporáneos lo conservó como la de un pastor ejemplar, viajero infatigable, administrador prudente y promotor decidido de la evangelización. Su vida estuvo marcada por el servicio constante a la Iglesia, por la cercanía con los fieles y por una visión organizadora que contribuyó de manera decisiva al fortalecimiento de las instituciones eclesiásticas en la América colonial. Su legado permanece como uno de los más notables en la historia de la Arquidiócesis de Santafé y de la Iglesia hispanoamericana.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi

Escudo Hernando Arias y Ugarte