
Pedro Ordoñez Flórez
Arzobispo de Bogotá 7
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, pintado por Jerónimo Acero en 1642, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
(c. 1560 –1614)
La historia de la Arquidiócesis de Santafé recuerda a Don Pedro Ordóñez y Flórez como un prelado de sólida formación, vasta experiencia administrativa y profunda vocación de servicio. Aunque su gobierno fue breve y estuvo limitado por una salud precaria, su paso por la sede metropolitana dejó huellas significativas en la organización eclesiástica del Nuevo Reino de Granada. Su figura representa el esfuerzo constante de la Iglesia por consolidar sus instituciones en una época marcada por las enormes distancias, las dificultades de comunicación y los desafíos propios de la sociedad colonial.
Nació hacia 1560 en la villa extremeña de Las Brozas, en España, hijo de Don Francisco Gutiérrez y Flórez y de Doña Francisca Ordóñez de Carriedo. Provenía de una familia distinguida que le procuró una esmerada educación. Desde muy joven mostró inclinación por el estudio y por la vida religiosa. Recibió parte de su formación bajo la orientación de los padres de la Compañía de Jesús, cuya influencia intelectual marcaría profundamente su pensamiento y manera de entender el gobierno eclesiástico.
Posteriormente ingresó en la prestigiosa Orden y Caballería de Alcántara, una de las más importantes instituciones religiosas y militares de la monarquía española. Allí alcanzó la condición de caballero religioso y se distinguió por su disciplina, su preparación académica y su capacidad de liderazgo. Estas cualidades le permitieron desempeñarse como rector del colegio que la Orden poseía en Salamanca, una de las ciudades universitarias más importantes de Europa, donde adquirió experiencia en la formación de jóvenes y en la administración de instituciones educativas.
Su carrera eclesiástica tomó un rumbo decisivo cuando fue nombrado Inquisidor de Lima hacia 1588. Durante cerca de veinte años ejerció este cargo en una de las ciudades más importantes de la América española. Aquella responsabilidad le permitió conocer de cerca la realidad religiosa del continente, participar en asuntos jurídicos complejos y adquirir una valiosa experiencia administrativa. En la capital del Virreinato del Perú consolidó su reputación como hombre prudente, estudioso y comprometido con la defensa de la fe católica.
Tras la renuncia de Fray Juan de Castro al Arzobispado de Santafé, la Corona decidió confiarle el gobierno de la Iglesia neogranadina. El nombramiento real tuvo lugar el 15 de agosto de 1609, mientras que la confirmación pontificia llegó mediante las bulas expedidas en abril de 1610. Sin embargo, los lentos trámites administrativos y las complejidades propias de la época retrasaron su traslado al Nuevo Reino.
Finalmente, el 5 de noviembre de 1611, prestó juramento ante el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero en Lima. Poco después, el 21 de diciembre del mismo año, recibió la consagración episcopal en la iglesia de la Compañía de Jesús de aquella ciudad. Probablemente recibió también el palio arzobispal, símbolo de la dignidad metropolitana que estaba llamado a ejercer. Aun así, permaneció varios meses más en Lima antes de iniciar el largo viaje hacia su nueva sede.
Emprendió la travesía en septiembre de 1612 y llegó finalmente a Santafé el 3 de marzo de 1613. Como era costumbre en aquella época, había delegado previamente la toma de posesión en el Cabildo Eclesiástico, permitiendo que la arquidiócesis continuara gobernándose mientras él completaba el recorrido. Su llegada fue recibida con esperanza por una Iglesia que esperaba continuidad en las reformas impulsadas por sus predecesores.
No obstante, desde los primeros meses de su pontificado se hizo evidente la fragilidad de su estado de salud. Las enfermedades que lo aquejaban limitaron considerablemente su capacidad de acción. Buscando alivio, se trasladó a Tocaima, célebre entonces por la benignidad de su clima. El viaje mismo refleja la gravedad de su condición física: incapaz de cabalgar, tuvo que ser transportado en una litera llevada por indígenas procedentes de Fontibón, Bojacá y Zipacón. Permaneció allí durante largos meses, probablemente desde finales de 1613 hasta abril de 1614, intentando recuperar fuerzas sin lograr una mejoría definitiva.
A pesar de estas limitaciones, procuró ejercer activamente el gobierno pastoral y administrativo de la arquidiócesis. Una de sus intervenciones más recordadas se relaciona con el Seminario de San Bartolomé. En aquella institución existía una diferencia visible entre los estudiantes becados por la arquidiócesis y aquellos que financiaban personalmente sus estudios. Los primeros utilizaban becas azules, mientras que los segundos portaban becas rojas. Aunque podía parecer una simple distinción de vestuario, la diferencia evidenciaba la condición económica de cada alumno y generaba divisiones innecesarias dentro de la comunidad académica.
Con sensibilidad pastoral y sentido de justicia, el arzobispo ordenó que todos los estudiantes utilizaran becas rojas, eliminando así una señal externa de desigualdad. La medida buscaba fortalecer la unidad entre los seminaristas y subrayar que la dignidad de quienes se preparaban para el sacerdocio no debía depender de su situación económica.
Su interés por la buena administración de los bienes eclesiásticos se manifestó igualmente en el Santuario de Nuestra Señora de Chiquinquirá, cuya devoción crecía constantemente. Informado de ciertas irregularidades en el manejo de las limosnas ofrecidas por los fieles, dispuso el 20 de junio de 1613 una reglamentación detallada para el registro y control de los ingresos y gastos del santuario. Esta decisión contribuyó a fortalecer la transparencia administrativa y a garantizar que los recursos destinados al culto fueran correctamente administrados.
También introdujo modificaciones en el Arancel General de la arquidiócesis, especialmente en lo relacionado con los derechos funerarios. Su intención era establecer criterios más claros y uniformes para evitar abusos y ofrecer mayor seguridad jurídica tanto al clero como a los fieles.
Otro aspecto que ocupó su atención fue la aplicación de las disposiciones del Concilio Provincial Limense de 1583, considerado una de las grandes obras legislativas de la Iglesia en América. Aunque no tuvo tiempo suficiente para implementar plenamente aquellas normas, manifestó su deseo de fortalecer la disciplina eclesiástica siguiendo las orientaciones de dicho concilio.
Su gobierno revela a un pastor prudente, inclinado a actuar con moderación y respeto por las instituciones. Un ejemplo de ello fue la solicitud presentada al Rey para obtener autorización antes de modificar ciertos aspectos de la organización interna de la Catedral, demostrando su interés por mantener una relación armónica entre la autoridad eclesiástica y la Corona.
La muerte lo sorprendió cuando apenas comenzaba a desarrollar los proyectos que imaginaba para la arquidiócesis. Su pontificado, aunque breve, dejó señales de una administración ordenada y de una sincera preocupación por la formación del clero, la transparencia económica y la disciplina eclesiástica. Don Pedro Ordóñez y Flórez pertenece a esa generación de prelados que, en medio de las dificultades de la América colonial, trabajaron silenciosamente para fortalecer las instituciones religiosas. Su paso por Santafé fue corto, pero suficiente para dejar el testimonio de un hombre culto, justo y profundamente comprometido con el servicio de la Iglesia.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

