REDESCUBRE LA MEMORIA:
La hermosa y desconocida leyenda del Manto de San José

Nos complace de manera especial ofrecer a nuestros lectores esta verdadera joya del fondo bibliográfico: «El manto de San José», una pieza literaria y devocional publicada originalmente en 1916 en las páginas de la revista La Iglesia En sus números 9 y 10 del mes de junio de ese año. Con inmensa satisfacción recordamos que nuestra plataforma web custodia y pone a disposición del público la colección completa de esta emblemática revista, permitiendo que las voces del pasado vuelvan a resonar con el vigor y la frescura de su mensaje original.
Este rescate va más allá de la nostalgia, sino una reafirmación del incalculable valor del patrimonio cultural eclesiástico y documental. La divulgación de estos fondos constituye una dimensión fundamental de la pastoral de la memoria y la evangelización de la cultura: rescatar del olvido textos que unieron la doctrina con el arte de la narrativa popular es devolverle al pueblo creyente la herencia viva de sus mayores, custodiada pacientemente en las páginas de nuestros archivos.
El colofón de este relato guarda un matiz de singular interés histórico e institucional. La firma Javier Dinomol, M. C. nos remite al singular universo del anonimato religioso.
Entre los pliegues de la prensa católica de comienzos del siglo XX emerge la figura del presbítero Jerónimo Vidal, un autor que pareció confiar sus ideas a una identidad prestada: Javier Dinomol, M. C. Tras ese nombre, convertido en una suerte de manto literario, se ocultaba una voz cuya verdadera identidad solo ha podido recuperarse siguiendo las huellas dispersas de las publicaciones periódicas. ¿Qué razones lo llevaron a escribir bajo un alter ego? ¿Fue una estrategia de prudencia eclesiástica, una forma de proteger su identidad frente a las controversias de su tiempo, una convención del ambiente editorial o el deseo de separar su ministerio sacerdotal de su pensamiento público? Por ahora, el silencio documental no permite resolver el enigma; pero el hallazgo de su nombre detrás del seudónimo abre una puerta inesperada: devolverle autoría a quien durante décadas pareció existir únicamente bajo el nombre de otro, y rescatar del anonimato una voz que la historia impresa conservó, aunque su identidad dejara apenas un rastro, dejando que el protagonismo recaiga únicamente en la lección de caridad y fe que el manto del Santo Carpintero extiende sobre el lector a través del tiempo.
El manto de San José
(Leyenda)
I
Era una fresca mañana del mes de octubre. Los árboles iban perdiendo el verdor de su follaje. El cielo estaba sereno e intensamente azul, y prometía uno de los días más espléndidos del otoño.
Si así no fuera, no permitiría la hermosa Virgen de Nazaret que partiese su inmaculado Esposo a las montañas del Hebrón, donde tenía ajustada una partida de madera, y por cierto debió de ir por ella antes, porque le hacía falta en el taller, y había ido dilatando uno y otro día hasta ver si podía reunir todo el dinero.
Pero en vano…. Las cosas de los pobres: se hacen sus cuentas y casi nunca les salen como las pensaron. José no tenía reunida más que la mitad del dinero, y el caso es que ya no podía esperar más tiempo; era necesario servir a los parroquianos, y, por tanto, partir por la madera.
—Si te parece bien —dijo María— pediré lo que falta a los vecinos y parientes.
—¿Y por qué has de avergonzarte tú pidiendo favores? Más vale que sufra yo la vergüenza de recibir la negativa. Yo iré.
—No, Esposo mío —dijo dulcemente María—; has de hacer un largo viaje y no te debes cansar. Si no encuentro dinero, sea Dios bendito; y si lo encuentro, también.
Y cubriendo su cabeza, según la costumbre de las mujeres orientales, salió de casa.
Quedó José pensativo viendo marchar a su Esposa.
—¡Qué buena es! —se decía—. No soy digno de vivir con ella…. ¡Qué activa! ¡Qué cariñosa! ¡Qué diligente! La amo más que a mi vida; pero…. ¡pobrecita! Dudo que encuentre el dinero. Debí yo ir. Porque, ¿quién soy yo para quedarme? Y ella…. ella es la Reina del cielo….
En estos pensamientos estaba ocupado el Santo cuando regresó María, diciendo:
—No hay dinero. Lo he pedido en varias casas y todos se han excusado. Indudablemente es que no tienen, porque si tuvieran ¿cómo se habían de negar a darlo? Pero he pensado una cosa —continuó María, procurando ocultar tras una dulce sonrisa el sentimiento que su corazón tenía—. He pensado que te dejes la capa en prenda, y con eso el dueño de la madera se dará por satisfecho.
—No has pensado mal —dijo San José, bajando sus ojos porque su Esposa no los viera arrasados de lágrimas.
—¡Adiós, esposo mío! —dijo María al despedirle.—El Dios de Abraham te acompañe y su ángel te dirija.
—¡Adiós, dulce Esposa mía! Procuraré volver pronto.
Y marchó el Santo con la mitad del dinero y el manto nuevo que María le regalara en el día de su boda.
II
—¡Nada! Está visto —se decía el humilde carpintero caballero sobre una asna—; el hombre vive en el mundo para sufrir, y ¡claro! así había de ser; porque si muchos se engañarían creyendo que esto es la Patria, no siendo más que un destierro, en el que todos padecen, los buenos y los malos, los ricos y los pobres. Cuando vayamos a la Patria se acabará toda pobreza, todo trabajo, todo dolor, toda pena…. ¡Oh qué hermoso es el cielo!….
Y dirigía sus miradas al azul del firmamento.
—¡Dios te guarde, Ismael! —dijo el Santo cortésmente al llegar a la presencia del dueño de los troncos contratados.
—¿Vienes ya por la madera?— fue la contestación al saludo de José.—¡Bien podías haber venido antes! En poco ha estado que te quedes sin ninguna.
Ismael tenía mal genio; era un avaro sin entrañas; en su casa no había visto nunca la paz, su pasión era el dinero, y todo esto lo conocía José desde que le estaba tratando, por lo cual podemos presumir la poca confianza y el miedo que había de tener de declarar el estado de su bolsillo.
Escogió los maderos, apartólos a un lado, y cuando ya iba a partir para Nazaret, llegado el momento supremo, llamó aparte a Ismael y le habló de esta manera:
—Dispénsame que no traiga más que la mitad del dinero. Tú sabes que siempre te he pagado al contado. Espérame ahora y ten paciencia, que te pagaré hasta el último cuadrante. Quédate con esta capa en rehenes.
Ismael hizo un gesto de desagrado. Quiso que sólo se llevarvara la mitad de los troncos. Protestó y volvió a protestar de tal manera, que estuvo en poco que se desbaratara el contrato; pero al cabo cedió, aunque no de muy buen grado, quedándose con el manto de boda de San José.
III
El avaro Ismael tenía enfermos los ojos hacía tiempo con úlceras, y a pesar de los médicos y medicinas y de los muchos dineros que había gastado en las principales ciudades de Siria, Judea, Samaria y Galilea, no había logrado la salud apetecida. Cuando no eran los dos ojos, tenía enfermo uno. Casi había perdido la esperanza de sanar, por lo cual se llenó de sorpresa a la mañana siguiente, cuando se encontró que sus ojos estaban sanos, completamente sanos, como si nunca hubiesen padecido.
—¿Qué es esto?— se decía— Ayer enfermos, con úlceras incurables, según opinión de los médicos, y ¿hoy sanos, sin medicina ninguna?
No dio Ismael con la causa, y al llegar a su casa, contó a su esposa el prodigio.
Eva, que así se llamaba ésta, era un verdadero basilisco; tenía un genio de fiera, y desde que se había casado con Ismael jamás había tenido paz, ni tranquilidad, ni gusto en el matrimonio. Pero aquella noche estaba hecha una oveja. ¡Qué dulzura en sus palabras! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué alegría en su rostro, antes sombrío y arrugado por la ira!
—¿Qué es esto? ¿Qué variación es esta? ¿Quién ha obrado este cambio?—se preguntaba a sí mismo el esposo.
—Tóma este manto y guárdalo por ahí —le dijo a Eva—; es de José, el carpintero de Nazaret, y ha de venir a llevárselo.
IV
Aquella noche eran felices en aquella casa. El ángel de la paz había entrado en ella. Ismael sintió remordimientos de su mala vida pasada, y se determinó a dar a los pobres más de lo que les había defraudado.
Sentíase caritativo, piadoso, inclinado al bien. A los pocos días no se hablaba de otra cosa en todos los pueblos vecinos. Era un cambio tan brusco, que todos lo notaron. De usurero, se hizo limosnero; de avaro, se hizo generoso. Los asuntos de la casa marchaban viento en popa, como suele decirse. Deudas que él tenía por incobrables, las cobró en aquellos días. ¿Cuál era la causa de todo esto? ¿Si será el manto del Carpintero?
Esto pensó una noche, después de encomendarse a Dios y rezar sus devociones.
—Eva —dijo a su mujer,—¿no te admira a ti el cambio que ves en nuestras personas, en nuestra casa, en nuestros negocios?
—Sí lo noto —contestó—; pero no acierto con la causa.
—¿Será acaso el manto del Carpintero?—dijo el esposo.—Desde que lo puse sobre mis hombros para traerlo, estoy sintiendo en mí tal mudanza, tales efectos y tales deseos, que no puede ser otra causa.
Oyeron ruido en el establo, y cortando la conversación tiróse del lecho Ismael y acudió a ver lo que era.
Una vaca, la mejor, la más gruesa, retorcíase en el suelo presa de un dolor horrible. ¡Pobre animal! A pesar de los remedios que ambos esposos le prodigaron, no se mejoraba; al contrario, parecía que iba a expirar.
Acordóse Ismael de la capa de José, comunicó a Eva el pensamiento. Nada perdían. Pero si la vaca sanaba, ella era la causa de su dicha y del bienestar que disfrutaban.
Ponerle al animal la capa y levantarse del suelo, donde se retorcía por la fuerza del dolor, todo fue obra de un instante. La vaca se puso a comer, como si nada hubiese pasado.
—¿Lo ves? —dijo Ismael —Este manto es un tesoro. Desde que él está en nuestra compañía somos felices. Conservemos esta prenda de los cielos, no nos desprendamos de ella, ni aunque nos dieran todo el oro del mundo.
—¿Ni al dueño mismo se la devolveremos? dijo Eva.
—¡Ni al mismo dueño! —contestó resueltamente.
—Entonces —dijo Eva—le compraremos otra mejor que ésta, en el mercado de Jerusalén, y si te parece bien, iremos los dos a llevársela.
—Sí —contestó el marido.— Yo le perdono la deuda, además, y estoy dispuesto a darle de aquí en adelante la madera que necesite.
—¿No has dicho que tiene un hijo llamado Jesús?—preguntó Eva.—Le llevaré de regalo un par de corderos blancos y un par de palomas como la nieve, y a María, aceite y miel. ¿Te parece bien, esposo mío?
—Todo me parece bien —contestó.—Mañana iremos a Jerusalén, y desde allí a Nazaret.
Cuando estaban los camellos preparados para el viaje, llegó jadeante el hermano menor de Ismael, diciendo que la casa de su padre estaba ardiendo y había que llevar la capa del Carpintero con el fin de apagar el incendio.
No había tiempo que perder. Los dos hermanos corrieron precipitadamente a la casa del padre, y al llegar, cortaron un pedazo del milagroso manto, y arrójanlo al fuego. No hubo necesidad de derramar una sola gota de agua; aquello fue bastante para atajar el incendio y apagarlo. Las gentes se admiraron al ver el prodigio y bendijeron al Señor.
—¿Qué —preguntó Eva al verlos llegar, —se ha apagado el fuego?
—Sí —contestó el esposo, lleno de satisfacción—; un pedazo del manto ha bastado para realizar el milagro.
V
Un día bajáronse de sus camellos a la puerta del Carpintero de Nazaret Ismael, el antiguo usurero, y Eva, su esposa, que venían llenos de humildad a postrarse a los pies de José y María y a hacerle varios regalos.
Estos creyeron que vendrían reclamando la deuda y se llenaron de tristeza, porque aún no tenían el dinero reunido.
Al entrar en la casa donde José, María y el Niño Jesús estaban, pusiéronse ambos de rodillas, y tomando la palabra Ismael, dijo:
—Venimos mi esposa y yo a darte las gracias por los inmensos bienes que hemos recibido del cielo desde que me dejaste el manto en rehenes, y no nos levantaremos de aquí sin obtener tu consentimiento de quedarnos con él para que siga protegiendo mi casa, mi matrimonio, mis intereses y mis hijos.
—¡Levantaos! —dijo José, tendiéndoles las manos para ayudarles.
—¡Oh santo Profeta! —respondió Ismael.—Permíthe hablar a tu siervo de rodillas estas palabras: Yo estaba enfermo de los ojos, y por medio de tu manto se han curado; era usurero, altivo, rencoroso y hombre sin entrañas, y me he convertido a Dios; mi esposa estaba dominada por la ira, y ahora es un ángel de paz; me debían grandes cantidades, y las he cobrado todas sin costarme trabajo alguno; estaba enferma la mejor de mis vacas, y ha sanado de repente; incendióse, en fin, la casa de mi padre, y se apagó el fuego instantáneamente, al arrojar en medio de las llamas un pedazo de tu manto.
—¡Loado sea Dios por todo! —dijo bajando los ojos el Santo Carpintero.—Levantaos, que no está bien que estéis de rodillas delante de un hombre tan miserable como yo.
—Aún no he terminado —respondió Ismael. Tú no eres un hombre como los demás, sino un santo, un profeta, un ángel en la tierra. Te traigo un manto nuevo, de los mejores que se tejen en Sidón; a María, tu Esposa, le traemos aceite y miel, y a Jesús, tu Hijo, le regala mi esposa un par de corderos blancos y un par de palomas más blancas que la nieve del Líbano. Aceptad estos pobres obsequios, disponed de mi casa, de mis ganados, de mis bosques, de mis riquezas, de todo lo que poseemos, y…. ¡no me pidáis vuestro manto!
—¡Quedaos con él enhorabuena! —dijo el Santo Carpintero, y gracias, muchas gracias por vuestros ofrecimientos y regalos.
Y mientras se levantaban del suelo y acercaban los presentes, díjoles María:
—Sabed, buenos esposos, que Dios ha determinado bendecir todas aquellas familias que se pongan bajo el manto protector de mi Inmaculado Esposo. No os extrañen, pues, los prodigios obrados; otros mayores veréis: amad a José, servidle, guardad el manto, divididlo entre vuestros hijos, y sea esta la mejor herencia que les dejéis en este mundo.
VI
Y es fama que los esposos guardaron fielmente los consejos de María y fueron siempre felices, lo mismo que sus hijos y los hijos de sus hijos.
JAVIER DINOMOL, M. C.
Creditos de la Imagen:
San José con el Niño
Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos (siglo XVII)
Óleo sobre tela
101 × 228 cm

