Arzobispado de Santafé de Bogotá en Virreinato de la Nueva Granada 29 enero 1725 - 21 octubre 1736
Don Antonio Claudio Álvarez de Quiñones nació hacia 1666 en Alcalá de Henares, España, en el seno de una familia de reconocida tradición cristiana. Realizó sus estudios en la Universidad de Alcalá, donde obtuvo la licenciatura en Derecho y destacó por su buena conducta y aplicación. Más adelante recordó con gratitud a su ciudad natal, a la que dejó una importante donación en su testamento.
Inició su carrera eclesiástica bajo la protección de su tío, el obispo de Sigüenza, Francisco Álvarez. Allí desempeñó diversos cargos de importancia, entre ellos los de canónigo de la Colegiata de Berlanga de Duero, provisor y vicario general de Sigüenza. Su formación jurídica y administrativa le permitió adquirir experiencia en el gobierno eclesiástico.
En 1712 fue nombrado obispo de Santo Domingo por el rey de España. Debido a las dificultades diplomáticas entre la Corona española y la Santa Sede, las bulas pontificias tardaron varios años en llegar. Finalmente fue preconizado en 1717 y recibió el palio en el mismo consistorio. En 1718 fue consagrado obispo en Santiago de Cuba por fray Jerónimo de Valdés. Permaneció varios años en el Caribe antes de asumir un nuevo destino.
El 14 de julio de 1724 fue designado arzobispo de Santafé, sede primada del Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, diversas circunstancias retrasaron considerablemente su traslado. Por una parte, sufrió una grave enfermedad que lo mantuvo postrado durante varios meses; por otra, las dificultades económicas derivadas de las leyes de la época impedían financiar fácilmente los desplazamientos de los obispos hacia sus diócesis. Mientras tanto, la arquidiócesis permaneció gobernada por representantes capitulares.
El viaje de Álvarez de Quiñones hacia Santafé fue largo y se convirtió en una auténtica visita pastoral. Desde 1728 recorrió extensos territorios del arzobispado, pasando por Gibraltar, Mérida, La Grita, Táchira, San José de Cúcuta, Pamplona, Cácota, Soatá, Tunja, Villa de Leyva, Chiquinquirá, Zipaquirá, Cajicá y otros pueblos importantes. Finalmente entró solemnemente en Santafé el 27 de agosto de 1731, siendo recibido con celebraciones públicas.
Su gobierno se caracterizó por una firme disciplina eclesiástica. Promulgó normas para preservar el respeto en los templos, prohibiendo el uso de monteras o birretes y el consumo de tabaco dentro de las iglesias. También ordenó determinadas regulaciones relacionadas con las representaciones religiosas y con la conducta del clero. Durante su administración surgieron conflictos con algunos miembros del Cabildo Catedralicio, quienes cuestionaban ciertas decisiones del arzobispo y defendían sus privilegios corporativos. Estas tensiones llegaron incluso a comunicarse al rey mediante cartas de protesta. Sin embargo, los desacuerdos se referían principalmente a cuestiones ceremoniales, precedencias y obligaciones litúrgicas.
Uno de los acontecimientos destacados de su pontificado fue la gestión realizada por el Cabildo de Santafé para obtener los mismos privilegios espirituales de que gozaba la Catedral de Sevilla. Gracias a las diligencias de fray Pedro Masústegui en Roma y Sevilla, el papa Clemente XII concedió importantes gracias e indulgencias a los capitulares santafereños, fortaleciendo así el prestigio de la sede metropolitana.
La característica más sobresaliente de Álvarez de Quiñones fue su extraordinaria generosidad. Los cronistas de la época afirman que prácticamente no hubo iglesia o ermita que no recibiera alguna ayuda económica de su parte. Su obra más importante fue la adquisición y donación del Palacio Arzobispal de Santafé. Compró unas casas contiguas a la Casa de Moneda por diez mil patacones y las cedió perpetuamente para residencia de los futuros arzobispos. Este edificio sirvió como palacio arzobispal hasta su destrucción durante los acontecimientos del 9 de abril de 1948.
Igualmente notable fue la donación de una magnífica custodia para la Catedral de Santafé. Elaborada por el platero Nicolás de Burgos, la pieza contenía cerca de dos mil diamantes, más de mil doscientas esmeraldas, numerosas amatistas, perlas y otras piedras preciosas, además de dieciocho libras de oro. Aunque el arzobispo falleció antes de verla terminada, la custodia fue instalada solemnemente en la Catedral en 1737 y se convirtió en una de las joyas más valiosas del patrimonio religioso del Nuevo Reino.
Además de estas grandes obras, realizó numerosas donaciones a parroquias, conventos y santuarios. Favoreció a las iglesias de San Diego, San Agustín, San Victorino y Santa Bárbara; ayudó al convento de La Candelaria, a la ermita de Egipto y al Santuario de La Peña; apoyó el culto a diversas advocaciones marianas y estableció recursos permanentes para el sostenimiento de obras religiosas. También destinó once mil patacones para dotar a veinticuatro niñas pobres y fundó cuatro becas en el Seminario para facilitar la formación de candidatos al sacerdocio.
Álvarez de Quiñones se titulaba constantemente “Arzobispo Primado y de Santafé”, reflejando la importancia que concedía a la sede neogranadina. Falleció el 21 de octubre de 1736 y fue sepultado en la Catedral. Su muerte dio origen a diversos trámites relacionados con la administración de sus bienes y su cuantioso patrimonio artístico y religioso.
Durante la sede vacante posterior, el Cabildo eligió como vicario capitular a Nicolás Javier de Barasorda. Este período estuvo marcado por algunos conflictos jurisdiccionales con el provincial franciscano Jerónimo del Camino y por la intervención del obispo de Popayán. Sin embargo, la vida eclesiástica continuó con normalidad. En esos años se promovieron nuevas festividades religiosas, se fortalecieron algunas tradiciones litúrgicas y ocurrió un hecho cultural de gran importancia: la llegada de la imprenta a Santafé por iniciativa de los jesuitas, comenzándose a imprimir folletos desde 1738.
La figura de Antonio Claudio Álvarez de Quiñones quedó asociada a la consolidación institucional de la Iglesia neogranadina, al fortalecimiento de la autoridad arzobispal y, sobre todo, a una generosidad excepcional que dejó una huella duradera en el patrimonio religioso, educativo y asistencial del Nuevo Reino de Granada.
Inició su carrera eclesiástica bajo la protección de su tío, el obispo de Sigüenza, Francisco Álvarez. Allí desempeñó diversos cargos de importancia, entre ellos los de canónigo de la Colegiata de Berlanga de Duero, provisor y vicario general de Sigüenza. Su formación jurídica y administrativa le permitió adquirir experiencia en el gobierno eclesiástico.
En 1712 fue nombrado obispo de Santo Domingo por el rey de España. Debido a las dificultades diplomáticas entre la Corona española y la Santa Sede, las bulas pontificias tardaron varios años en llegar. Finalmente fue preconizado en 1717 y recibió el palio en el mismo consistorio. En 1718 fue consagrado obispo en Santiago de Cuba por fray Jerónimo de Valdés. Permaneció varios años en el Caribe antes de asumir un nuevo destino.
El 14 de julio de 1724 fue designado arzobispo de Santafé, sede primada del Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, diversas circunstancias retrasaron considerablemente su traslado. Por una parte, sufrió una grave enfermedad que lo mantuvo postrado durante varios meses; por otra, las dificultades económicas derivadas de las leyes de la época impedían financiar fácilmente los desplazamientos de los obispos hacia sus diócesis. Mientras tanto, la arquidiócesis permaneció gobernada por representantes capitulares.
El viaje de Álvarez de Quiñones hacia Santafé fue largo y se convirtió en una auténtica visita pastoral. Desde 1728 recorrió extensos territorios del arzobispado, pasando por Gibraltar, Mérida, La Grita, Táchira, San José de Cúcuta, Pamplona, Cácota, Soatá, Tunja, Villa de Leyva, Chiquinquirá, Zipaquirá, Cajicá y otros pueblos importantes. Finalmente entró solemnemente en Santafé el 27 de agosto de 1731, siendo recibido con celebraciones públicas.
Su gobierno se caracterizó por una firme disciplina eclesiástica. Promulgó normas para preservar el respeto en los templos, prohibiendo el uso de monteras o birretes y el consumo de tabaco dentro de las iglesias. También ordenó determinadas regulaciones relacionadas con las representaciones religiosas y con la conducta del clero. Durante su administración surgieron conflictos con algunos miembros del Cabildo Catedralicio, quienes cuestionaban ciertas decisiones del arzobispo y defendían sus privilegios corporativos. Estas tensiones llegaron incluso a comunicarse al rey mediante cartas de protesta. Sin embargo, los desacuerdos se referían principalmente a cuestiones ceremoniales, precedencias y obligaciones litúrgicas.
Uno de los acontecimientos destacados de su pontificado fue la gestión realizada por el Cabildo de Santafé para obtener los mismos privilegios espirituales de que gozaba la Catedral de Sevilla. Gracias a las diligencias de fray Pedro Masústegui en Roma y Sevilla, el papa Clemente XII concedió importantes gracias e indulgencias a los capitulares santafereños, fortaleciendo así el prestigio de la sede metropolitana.
La característica más sobresaliente de Álvarez de Quiñones fue su extraordinaria generosidad. Los cronistas de la época afirman que prácticamente no hubo iglesia o ermita que no recibiera alguna ayuda económica de su parte. Su obra más importante fue la adquisición y donación del Palacio Arzobispal de Santafé. Compró unas casas contiguas a la Casa de Moneda por diez mil patacones y las cedió perpetuamente para residencia de los futuros arzobispos. Este edificio sirvió como palacio arzobispal hasta su destrucción durante los acontecimientos del 9 de abril de 1948.
Igualmente notable fue la donación de una magnífica custodia para la Catedral de Santafé. Elaborada por el platero Nicolás de Burgos, la pieza contenía cerca de dos mil diamantes, más de mil doscientas esmeraldas, numerosas amatistas, perlas y otras piedras preciosas, además de dieciocho libras de oro. Aunque el arzobispo falleció antes de verla terminada, la custodia fue instalada solemnemente en la Catedral en 1737 y se convirtió en una de las joyas más valiosas del patrimonio religioso del Nuevo Reino.
Además de estas grandes obras, realizó numerosas donaciones a parroquias, conventos y santuarios. Favoreció a las iglesias de San Diego, San Agustín, San Victorino y Santa Bárbara; ayudó al convento de La Candelaria, a la ermita de Egipto y al Santuario de La Peña; apoyó el culto a diversas advocaciones marianas y estableció recursos permanentes para el sostenimiento de obras religiosas. También destinó once mil patacones para dotar a veinticuatro niñas pobres y fundó cuatro becas en el Seminario para facilitar la formación de candidatos al sacerdocio.
Álvarez de Quiñones se titulaba constantemente “Arzobispo Primado y de Santafé”, reflejando la importancia que concedía a la sede neogranadina. Falleció el 21 de octubre de 1736 y fue sepultado en la Catedral. Su muerte dio origen a diversos trámites relacionados con la administración de sus bienes y su cuantioso patrimonio artístico y religioso.
Durante la sede vacante posterior, el Cabildo eligió como vicario capitular a Nicolás Javier de Barasorda. Este período estuvo marcado por algunos conflictos jurisdiccionales con el provincial franciscano Jerónimo del Camino y por la intervención del obispo de Popayán. Sin embargo, la vida eclesiástica continuó con normalidad. En esos años se promovieron nuevas festividades religiosas, se fortalecieron algunas tradiciones litúrgicas y ocurrió un hecho cultural de gran importancia: la llegada de la imprenta a Santafé por iniciativa de los jesuitas, comenzándose a imprimir folletos desde 1738.
La figura de Antonio Claudio Álvarez de Quiñones quedó asociada a la consolidación institucional de la Iglesia neogranadina, al fortalecimiento de la autoridad arzobispal y, sobre todo, a una generosidad excepcional que dejó una huella duradera en el patrimonio religioso, educativo y asistencial del Nuevo Reino de Granada.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.