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Arzobispado de Santafé de Bogotá en Nuevo Reino de Granada ​​7 abril 1625 -  31 octubre 1630
(1576-1630)

Entre los prelados que contribuyeron a consolidar la organización eclesiástica del Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVII, sobresale la figura de don Julián de Cortázar, arzobispo de Santafé. Hombre de profunda formación académica, notable experiencia pastoral y reconocido espíritu de humildad, su gobierno dejó una huella significativa en la consolidación institucional de la Iglesia neogranadina.

Nació en Durango, en Vizcaya, el 7 de enero de 1576 y fue bautizado al día siguiente en la parroquia de Santa María de Uribarri. Era hijo de Francisco Martínez de Cortázar y Ana Ilundegui. Desde sus primeros años manifestó una especial inclinación por el estudio, cualidad que lo llevaría a destacarse en algunos de los más importantes centros académicos de España.

Realizó sus estudios en el Colegio del Sancti Spiritus de la Universidad de Oñate, donde alcanzó tal prestigio intelectual que fue nombrado catedrático de Vísperas y Teología. Más adelante ingresó al célebre Colegio Mayor de Santa Cruz de Valladolid, una de las instituciones más prestigiosas de la monarquía española. Allí ejerció como rector y profesor de Artes, consolidando una reputación de hombre docto, prudente y dedicado a la formación de las nuevas generaciones. Su carrera académica culminó con la obtención, mediante rigurosa oposición, de la canonjía magistral de Santo Domingo de la Calzada.

Su trayectoria eclesiástica tomó un nuevo rumbo cuando fue designado obispo de Tucumán en 1616. Las bulas pontificias fueron expedidas el 10 de abril de 1617 y las ejecutoriales el 21 de julio del mismo año. Durante su viaje hacia América atravesó Buenos Aires y Asunción del Paraguay, donde recibió la consagración episcopal de manos del obispo don Lorenzo Pérez de Grado.

El gobierno de la diócesis de Tucumán reveló las cualidades pastorales que más tarde distinguirían su episcopado en Santafé. Recorrió extensamente los territorios de su jurisdicción, visitando incluso las regiones habitadas por los indígenas calchaquíes. Administró el sacramento de la confirmación a numerosos fieles, promovió la vida cristiana y trabajó por fortalecer las estructuras eclesiásticas de la región. Reconstruyó la capilla mayor de la catedral y fundó el Colegio Seminario, convencido de la necesidad de formar adecuadamente al clero. Asimismo, apoyó decididamente el desarrollo de la Universidad de Trejo, contribuyendo al crecimiento de la educación superior en aquellas tierras.
Cuando el Arzobispado de Santafé quedó vacante por el traslado de Hernando Arias de Ugarte, la Corona española vio en Julián de Cortázar al candidato ideal para asumir el gobierno de la principal sede eclesiástica del Nuevo Reino de Granada. El rey aprobó su nombramiento y las bulas arzobispales fueron expedidas el 7 de abril de 1625. Las ejecutoriales llegaron el 24 de diciembre del mismo año.

Dadas las dificultades de comunicación entre España y América, la Corona expidió una “Cédula de ruego y encargo” para que el Cabildo eclesiástico delegara provisionalmente la jurisdicción en el nuevo prelado. Gracias a esta disposición, Cortázar pudo ejercer el gobierno como Arzobispo Gobernador antes de su posesión formal.

Para preparar su llegada, envió a Santafé a su hermano Martín de Cortázar, quien presentó la documentación correspondiente al Cabildo Metropolitano. Ya en mayo de 1627 los representantes del arzobispo administraban los asuntos de la arquidiócesis en su nombre.

El viaje hacia Santafé constituyó una verdadera odisea. Desde Tucumán recorrió cerca de ciento veinte leguas a caballo hasta Chile. Posteriormente navegó desde Valparaíso hasta Guayaquil y continuó por tierra atravesando Quito, Pasto y Timaná hasta alcanzar finalmente la capital del Nuevo Reino. A lo largo de más de doscientas leguas de caminos difíciles demostró una admirable fortaleza física y espiritual.

El Cabildo de Santafé, deseoso de facilitar su traslado, le ofreció quinientos castellanos de oro para sufragar los gastos del viaje. Sin embargo, el arzobispo rechazó cortésmente aquella ayuda y pidió que su recepción se realizara con sencillez, conforme a las disposiciones reales. Este gesto reveló una de las características más admiradas de su personalidad: la humildad.

Finalmente ingresó solemnemente en Santafé el 4 de julio de 1627. Como aún no habían llegado las bulas definitivas ni el palio arzobispal, continuó firmando como “arzobispo electo” mientras ejercía el gobierno pastoral de la arquidiócesis. A finales de ese mismo año recibió los documentos pontificios y pudo tomar posesión formal de su sede.

Poco después emprendió viaje hacia Tamalameque, donde el 20 de febrero de 1628 recibió el palio arzobispal de manos del obispo de Santa Marta, don Luis García de Miranda. Con esta ceremonia quedó plenamente investido de la autoridad metropolitana.

Su gobierno estuvo marcado por una constante preocupación por fortalecer las instituciones eclesiásticas. Gracias a una renta concedida por la Corona a la Catedral Metropolitana, promovió la construcción de una importante edificación de tres niveles junto al templo. Allí se establecieron la sala capitular, el archivo eclesiástico, el juzgado de diezmos y una cárcel destinada a clérigos, contribuyendo significativamente a la organización administrativa de la arquidiócesis.

En 1629 presidió la bendición de la capilla de Nuestra Señora del Campo, dedicada a una venerada imagen de la Inmaculada Concepción cercana a la Recoleta de San Diego. Ese mismo año se consolidó el Convento de Santa Clara, cuya primera abadesa fue la madre Damiana de San Francisco, fortaleciendo así la presencia de la vida contemplativa femenina en la ciudad.

Uno de los temas más complejos de su gobierno fue la distribución de las doctrinas entre el clero secular y las órdenes religiosas. Consideraba que algunas parroquias podían ser atendidas por sacerdotes diocesanos y solicitó la entrega de varias doctrinas administradas por los jesuitas. Aunque algunas pasaron temporalmente al clero secular, otras fueron posteriormente devueltas a la Compañía de Jesús debido a su experiencia en los territorios de misión.

También manifestó gran interés por la disciplina eclesiástica. Exigió garantías económicas para los religiosos que aspiraban a recibir las órdenes sagradas, medida que buscaba prevenir dificultades futuras y asegurar el sostenimiento de quienes abandonaran la vida conventual.

Durante su pontificado se publicó en la arquidiócesis la disposición del Papa Gregorio XV que establecía la festividad de San José, celebrada el 19 de marzo, como fiesta de guardar para toda la Iglesia, fortaleciendo así una devoción que habría de arraigarse profundamente en el pueblo cristiano.

La vida de don Julián de Cortázar llegó a su fin el 25 de octubre de 1630. Falleció en Santafé después de recibir los auxilios espirituales de la Iglesia y fue sepultado en la Catedral Metropolitana junto a sus predecesores. Su muerte fue sentida profundamente por clérigos y fieles, quienes veían en él a un pastor culto, prudente y cercano.

Aunque su gobierno fue breve, dejó importantes avances en la organización de la arquidiócesis, en la administración de sus instituciones y en el fortalecimiento de la disciplina eclesiástica. Su figura permanece como la de un prelado sabio y equilibrado, cuya vida estuvo dedicada al servicio de Dios, de la Iglesia y del pueblo del Nuevo Reino de Granada.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.
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