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Arzobispado de Santafé de Bogotá en Nuevo Reino de Granada ​​30 abril 1593 -  17 agosto 1594
Bartolomé Martínez Menacho y Mesa  (c. 1517 – 17 de agosto de 1594)

Arzobispo electo de Santafé

La figura de Don Bartolomé Martínez ocupa un lugar discreto pero significativo en la historia de la Arquidiócesis de Santafé. Como ocurrió con su inmediato predecesor designado, la Providencia no le permitió llegar a ejercer el gobierno de la sede metropolitana. Sin embargo, su sólida formación, su larga experiencia pastoral y su destacada trayectoria en las iglesias de América hicieron que fuera considerado uno de los eclesiásticos más aptos para dirigir la naciente provincia eclesiástica del Nuevo Reino de Granada.

Tras conocerse en Santafé la muerte de Alonso López Dávila, noticia que ya circulaba el 8 de mayo de 1592, el Cabildo Metropolitano dirigió una carta al rey solicitando que el nuevo arzobispo no fuera escogido entre los religiosos, sino entre el clero secular, pidiendo expresamente un «clérigo letrado» que pudiera afrontar los desafíos de la Iglesia santafereña. Aquella petición fue escuchada. Entre los candidatos presentados por el Consejo Real el 10 de octubre de 1592, figuraban varios nombres de prestigio, pero la elección recayó finalmente en Don Bartolomé Martínez.

Había nacido hacia 1517 en la región de Extremadura, en las cercanías de El Almendral y de la Torre de San Miguel de Sesmero. Pertenecía a una familia de honradas raíces castellanas; sus padres fueron Bartolomé Martín y María Macías. Algunas fuentes lo identifican como Bartolomé Martínez Menacho y otras como Bartolomé Martínez de la Torre, diferencias que probablemente obedecen a los usos de la época respecto a los apellidos y al lugar de origen.
Realizó sus estudios en el prestigioso Colegio de Santa María de Jesús de Sevilla, fundado por "Maese" (Maestro) Rodrigo Fernández de Santaella, una de las instituciones académicas más importantes de la España del siglo XVI. Aunque se conocen pocos detalles de sus primeros años de ministerio en la diócesis de Badajoz, es evidente que alcanzó pronto reconocimiento por su preparación intelectual y sus capacidades de gobierno.

Hacia 1580 fue nombrado Arcediano de Lima, una de las dignidades más relevantes del clero peruano. Allí participó activamente en la vida de una de las iglesias más importantes de América y tomó parte en el célebre Concilio Provincial convocado por Santo Toribio de Mogrovejo en 1583, acontecimiento fundamental para la aplicación de las reformas tridentinas en el continente. Además, desempeñó los cargos de Visitador y Gobernador del Arzobispado, acumulando una valiosa experiencia administrativa y pastoral.

Su prestigio motivó que el papa lo nombrara Obispo de Panamá el 27 de abril de 1587. La consagración episcopal tuvo lugar en septiembre de 1588 y fue conferida por el propio Santo Toribio de Mogrovejo. Debido a las enormes distancias que separaban a las diócesis americanas, la ceremonia se realizó con la asistencia de canónigos, pues resultaba extremadamente difícil reunir a otros obispos para la ocasión.

Durante su gobierno en Panamá se distinguió por el cuidado con que atendió tanto al clero como a los fieles. Los testimonios contemporáneos destacan su rectitud, prudencia y dedicación pastoral. Sin embargo, cuando fue promovido a la sede metropolitana de Santafé surgieron tensiones con algunos miembros del cabildo panameño, quienes contemplaban con recelo su próxima partida. Aquellas diferencias dieron lugar a controversias y escritos que ocuparon parte de sus últimos meses en Panamá. Según los cronistas, fue precisamente su prudencia la que logró poner fin a los conflictos antes de emprender el viaje hacia su nuevo destino.

El rey lo presentó para la Arquidiócesis de Santafé el 12 de enero. Las bulas pontificias fueron expedidas el 30 de abril de 1593, las ejecutoriales el 28 de julio del mismo año y el palio le fue concedido el 2 de agosto, completando así todos los requisitos para asumir plenamente la dignidad arzobispal. Como era costumbre en la época, probablemente tomó posesión de la sede por medio de apoderados mientras organizaba su traslado desde Panamá.
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No obstante, diversos asuntos pendientes retrasaron su partida durante varios meses. Finalmente, en julio de 1594, decidió emprender el esperado viaje hacia Santafé. Antes de partir firmó su testamento el 24 de julio de 1594, documento que refleja tanto su serenidad espiritual como su atención a los detalles de sus últimas disposiciones, todo parecía indicar que, después de dos años de espera, la Arquidiócesis recibiría por fin a su nuevo pastor.

La llegada, sin embargo, nunca se produjo. Durante el trayecto enfermó gravemente y falleció en la ciudad de Cartagena el 17 de agosto de 1594, cuando apenas comenzaba el recorrido que debía conducirlo a la capital del Nuevo Reino. Así, por segunda vez consecutiva, la Iglesia de Santafé perdió a un arzobispo antes de que pudiera tomar posesión efectiva de su sede.

Su testamento revela la profundidad de su fe y el arraigo que conservaba hacia su tierra natal. Ordenó que sus restos fueran trasladados a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Candelaria de la Torre de San Miguel de Sesmero y sepultados frente al altar mayor. Dispuso además que sobre su tumba se colocara una gran losa de piedra con las palabras inspiradas en el libro de Job: «Credo quod Redemptor meus vivit» , «Creo que mi Redentor vive», expresión que resumía la esperanza cristiana que había guiado toda su existencia.

Las investigaciones históricas posteriores confirmaron que su voluntad fue cumplida fielmente y que la lápida permaneció durante siglos en aquel templo extremeño. Sin embargo, en tiempos más recientes desapareció durante unas reformas, perdiéndose un valioso testimonio material de quien estuvo llamado a gobernar la Iglesia de Santafé.
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Don Bartolomé Martínez forma parte de aquella singular sucesión de prelados que, aun sin llegar a ejercer el gobierno efectivo de la Arquidiócesis, contribuyeron a su historia mediante el prestigio de sus nombres y las esperanzas que despertaron. Hombre de estudio, administrador experimentado y pastor prudente, quedó en la memoria eclesiástica como el segundo arzobispo electo de Santafé que murió en el camino hacia su sede, dejando inconclusa una misión que parecía destinada a enriquecer la vida religiosa del Nuevo Reino de Granada

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo I: 1564-1819). Bogotá: Editorial Lumen Christi.
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